Conclusiones y reflexión final

Nos enfermamos por lo que decimos, lo que nos decimos, escuchamos, pero sobretodo y mayoritariamente por lo que NO decimos. Las palabras son diagnóstico de las enfermedades bucales y a su vez, pueden ser su tratamiento.

Para aprender a oír esa voz sutil, la del Ser esencial, es necesario poner de rodillas al ego, ya que en realidad no tiene entidad propia, y estar dispuestos a reconocer la dimensión animal en nosotros como humanos. La que busca sobrevivir desde el miedo, la que ante una amenaza mide su potencia y la compara con la de su adversario, la que lucha cuando puede y busca dominar para lograr brillo y gloria, la que cede y renuncia cuando no puede , la que intercambia para obtener y para no perder, la que se adapta y cambia por su necesidad gregaria, la que busca complacer y ser importante. Cuando queda al descubierto esa faceta de la psiquis, que nos toma por sorpresa, puede aparecer la negación, el enojo, el rechazo, la desvalorización. Pero ánimo, que es sólo el primer paso, difícil pero indispensable. Christian Beyer dice que todo camino espiritual comienza con el encuentro con propio inconsciente, la Sombra de Jung. Y qué hacemos con eso una vez que lo vemos?

Primero, abrazarlo, ponernos en paz con eso, comprendernos como se tiene compasión con un niño que sufre porque fue descubierto en una travesura o que llora porque no obtuvo lo que quería con tantas ganas, sabiendo que sólo buscaba sentirse amado.

Segundo paso, recordar que ahora somos adultos, que gracias a la PNO o a cualquier terapia comprometida con el Ser, somos capaces de observar esa dinámica a la que estamos sometidos de por vida por el simple hecho de ser humanos. La gran diferencia está en darnos cuenta y en no luchar más en su contra. Tan sólo reconocer los motivos ocultos tras las decisiones y las acciones, nos permite vivirlas sin expectativas o exigencias, y eso transforma las experiencias.

Tercero, saber que como adultos, podemos decidir vivir de otra forma, desde nuestra identidad más profunda y eterna, recurrir a nuestra madre interior, ese polo femenino que nos reconforta y nos toma en brazos para mimarnos, y a la polaridad masculina, el padre dentro del corazón que nos espera con su perdón y su inmenso amor para que volvamos a ponernos de pie la mañana siguiente, luego de una derrota. Ya no más mamá y papá, ni otro hombre, ni otra mujer.

Yin y yang, luna y sol, dentro y fuera, cielo y tierra, mente y cuerpo, adaptarse y luchar. Dos caras de la misma moneda, no existe equilibrio sin una de las dos. Ambas dinámicas viven en nosotros.

Despertar de este sopor identitario y devolver la mirada a la grandeza y la luz del alma que somos está a nuestro alcance, aun más, es nuestra misión mientras estemos vivos. Este camino es el que elijo transitar, a mi ritmo. Y ahora que soy una voz de la PNO, según dijo Beyer a todos sus estudiantes, vivo para dar mi testimonio y sueño con que seamos muchas más.

No conozco otra manera de hacer esto que con meditación diaria, a mi manera y como puedo, pero con disciplina. Entiendo que sanar no es sólo entender, ni tampoco solamente tomar decisiones. Sanamos cuando actuamos en el mundo habiendo transformado por completo nuestra identidad, encarnándola cada día, logrando ver el lado divino de todas las personas y cosas, situaciones y momentos. Dejar a un lado el exceso de pensamientos que necesita justificarlo todo a nuestro favor, y por fin sentir que no hay nada que lograr al final del camino, ya que podria llevarnos miles de vidas, ni “sanación” completa, ni perfección, ni un modelo de vida. Siendo quienes somos, haciendo lo que hacemos, en el cuerpo que tenemos, en el momento en que estamos, somos bendecidos con la Vida y la capacidad de Amar porque nacimos con ese don. Estar presentes en nuestro eje, nada más importa.

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